LA MANO QUE APRIETA

viernes, 10 de septiembre de 2010

Salidera bancaria.


Don Hermógenes, setentón jubilado con la mínima, luego de haber dado su vida al desempeño laboral honesto, se vió a si mismo viviendo como un pordiosero, mientras que aquellos ex compañeros suyos que se dedicaron a la estafa y al latrocinio, vivían a todo lujo y eran respetados y admirados por sus vecinos.
Hermógenes decidió cambiar de estilo de vida, pensó: "Voy a empezar a mandarme salideras bancarias. Cada vez que tengo que cobrar, mientras hago la cola veo a cualquier cantidad de gente cobrando buena guita. Me lo sigo tranquilamente al punto y cuando menos se lo espere, se la doy. Quién va a sospechar de un pobre jubilado como yo".
Hermógenes lo pensó, pero le costaba llevar el pensamiento a la realidad. Más bien su elucubración de venganza le servía como paliativo a su vida miserable. El saber que podía tomar revancha en cualquier momento, era una muletilla espiritual. Nunca se animaba, le daba miedo decidirse y estaba en ese clima existencial, cuando un día que cobró su jubilación en el banco, a la salida dos jóvenes en moto, lo sirvieron con un golpe de caño en la cabeza y se llevaron su dinero.
Hermógenes no murió a consecuencia del golpe, quedó en estado de vida vegetativa, internado en el salón de un hospital municipal, ostentando una carita quieta y risueña. Una mezcla del bello relax que muestran los muertos y la extraña felicidad que ritualizan aquellos que perdieron masa cerebral.
Solito, como cuando vino al mundo.

Collage 1978.

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