LA MANO QUE APRIETA

lunes, 30 de junio de 2014

pipirripipí

Te juro que no sabía que la palabra era tan peligrosa... ¡Qué kilombo que se armó! Claro que también hubo aspiración de aires no usuales. El tambo estaba tranquilo, la enamorada del muro satisfacía colibríes, y en eso empezó a soplar un vientito raro, como de refilón. Además más que una palabra lo que sucedió entonces fue una onomatopeya, un ruidoso homenaje a lo indescriptible. La naturalidad del no saber qué pasaba que se sonorizó. Pero... No era para tanto. Quiero decir que no me gusta sentirme culpable de que antes aquí hubiera una ciudad hermosa con mi tambo dentro de ella (terraza inolvidable) y ahora apenas si testimonia un pedazo de baldosa en medio del pasto y las estrellas, a lo largo y ancho.

F. Fellner.

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