Adaptación masiva, conceptos que variaron bajo luz roja. Los puntos y seguido fueron limitaciones entre ajusticiados y verdugos. Para escribir había que leer, como hacía el maestro de ¨Educación Democrática¨ con bocio gallináceo, que cacareaba rayando con tiza blanca pizarrones negros, hasta morir antes de resucitar.
Pedagogía de sánguches gigantes que fueron reprimidos cuando se mostraron en público, panes flauta larguísimos llenos de carnes condimentadas. Escándalo en la enseñanza secundaria...
Cuando el alumno Loria, sacaba a relucir en el patio durante el recreo, el barroco sánguche que le había preparado su madre, los celadores no escatimaban saña y Loria recibía insultos y golpes, aparte de burocráticas amonestaciones que lo ponían al borde de la expulsión, mientras sus compañeros festejaban. Tal vez por eso Loria, siempre tuvo miedo a los pisotones y a ser enterrado vivo. Sus compañeros aprendieron a jugar fútbol, él no. La única vez que se acercó a una pelota en público, la pateó en contra.
La madurez le llegó sin compasión, clamoroso sánguche lejano.
domingo, 8 de febrero de 2009
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sánguche lejano |
sábado, 7 de febrero de 2009
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el Chileno |
Fuera de que quitarle a otro lo que yo no tenía, fue un impulso niño, el Chileno fue el que me inició en el robo como sistema de vida. Fuimos amigos para compartir lecturas, escuchar conciertos transmitidos por radio y beber vino.
En su enseñanza fue severo y parco con su cariño. Cuando lo conocí parecía un niño rico pero vivía en la piecita de un conventillo de San Telmo, a costillas de su madre que trabajaba de enfermera. Mas que piecita: auténtica covacha y esa covacha fue el cuartel de mis intrépidas confabulaciones juveniles. Aquella piecita tenía una única ventana por donde entraba y salía la música y la literatura.
Nunca supe el nombre de la maldición que cargaba el Chileno. Todo él era fúnebre y propenso al desastre. La contínua posibilidad de canjear la vida por la muerte era un aliciente para el humor. Su tragedia estaba colmada de sonrisas y alcohol y yo me contagié fácilmente.
Le gustaban las armas de fuego. Me decía que salir a pasear por la avenida Corrientes con un revólver en el bolsillo le hacía ver la vida con esperanzas.
Nunca lo ví jugar a la ruleta rusa, pero sí divertirse con un paquete de nitroglicerina que guardaba debajo de su cama. Cada tanto tenía que darlo vuelta para que no explotara por sedimentación. Así, un día de podredumbre, el Chileno saltaba y gritaba:
- ¡La nitro! Hace una semana que no la doy vuelta!
Las gesticulaciones y espantos que hacíamos y el giro del paquete, servía para cambiar el clima, ya podíamos tomar litros de vino, total la nitroglicerina cual reloj de arena, recién empezaba a sedimentar del otro lado. La posiblidad de que la piecita y con ella, no sé cuanto edificio, volara en pedazos, le daba al transcurrir del tiempo un sabor especial...
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no es vanidad |
Terminados los oficios del mate, un panadero (ese árbol que vuela, esa semilla orgiástica y santa) titilaba alrededor de la hornalla prendida y estaba por incendiarse.
Lo apantallé con la mano y con la armonía de sus filamentos me saludó sutilmente en el giro de viento que le hizo cruzar la ventana al exterior mayúsculo de edificios, polvo y decantaciones...
viernes, 6 de febrero de 2009
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el ratón creció y se vistió con prendas de marca |
Es llamativo quel mundo no funcione de acuerdo a mis necesidades personales.
Sería un problema serial...
Un problema serio, mezcla de tecnología y religión con un poco del oscurantismo que provoca conocer a los demás, algo de defensa propia y después morir.
Ser otro, mecánicamente, es cambiar lo mamífero por la vanidad del consumo.
Ser uno, según el maestro Calle, es ser todos, incluso cualquiera.
O sea, son cuestiones que cualquiera cree o crea una entrada nueva.
jueves, 5 de febrero de 2009
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la vida breve |
Cuando dos poetas se encontraban en el Infierno, la propia Acción de Gracia del estro conjugado, generalmente confirmaba el síndrome de Benavente: La eternidad resultaba perversa y extremadamente breve y aunque allí no existieran aranceles, el destello seguía siendo orden que explotaba definitivo.
miércoles, 4 de febrero de 2009
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en eso estoy |
Entre un litro de cerveza y otro: el misterio, lo inmensurable, el sueño y el insomnio
porque los días deberían ser iguales para que una cerveza no se diferencie de otra cerveza
acaso ocaso
Es que le ofrecí más cerveza al albañil en curso pero él quiso seguir trabajando
evitar el sueño y el insomnio
Le dije "por ti sería capaz de matar"
y el trabajador empezó a rememorar remedios salvajes y santos de sus pagos
me aseguró que era mejor cocinero que yo
le pregunté: "¿Por qué no vas a laburar?"
y fue al desempeño en el lavadero que ya es un cielo al que Lola le quiere pintar peces.
Cuando el albañil terminó sus cosas y se fue
abrí la otra cerveza.
lunes, 2 de febrero de 2009
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ejercicio teatral súbito |
El teatro era un lindo teatro de la ciudad de Guatemala, y nuevamente todo se iba preparando hacia un estreno predestinado y la construcción del evento se desarrollaba en paz, todo el tiempo del mundo estaba por delante.
No recuerdo qué espectáculo íbamos a presentar Marta y yo. Los trámites se centralizaban en la relación que manteníamos con el patrocinador del suceso: un hombre alto de cabeza afeitada, despreocupadamente elegante.
La acumulación de relaciones públicas alcanzó a lograr el nerviosismo deste hombre, que empezó a querer ver realidades.
De todas formas, la calma del laboratorio teatral fue inflexible.
Así, en una de esas noches de ensayo en el teatro, nos encontramos con una orquesta instalada en el foso correspondiente, esperándonos; al productor rapado, muy bien vestido, las boleterías estaban habilitadas y un par de acomodadores se mostraban en amable actitud laboral.
Alguien me dijo que esa era la noche del estreno. No fue el productor quien me lo dijo... Este hombre cuando se cruzó conmigo me hizo un gesto de enojo mascullando: "¿Porque no te vas a la puta que te parió?".
No pude creer que esa fuera la realidad, pero cuando vi que entre los pocos espectadores que se estaban sentando en las primeras butacas del inmenso teatro, al actor inglés Richard Burton (la situación era a principios de los setenta), corrí a Marta y le dije riéndome: "¿Sabés una cosa?... ¡Hoy estrenamos!" y ella me miró con una respuesta entre el asombro y "¿y a mi qué me venís a contar?"
No recuerdo si la función se llevó a cabo. Supongo que si, pues teníamos la costumbre de enfrentar al público con actitud suicida, y además mi dieta alcohólica mezclada con drogas del lugar en suerte, me hacía vivir la historia desde una inconciencia no confiable en cuanto a memorizaciones fidedignas.