LA MANO QUE APRIETA

sábado, 3 de noviembre de 2007

MERLUZA

En medio de la noche, la vida subió hasta la boca y la muerte fue una merluza, un sabor a merluza que no cejó por más viento líquido y palangana centrípeta. Así, el pasado con máscara de foto vieja, fue ir a buscar al más insospechado fantasma de mi pasado, encontrarlo cuando estaban demoliendo su castillo transado con los oportunismos de la duración de su vida fantasmagórica, abrazarlo, y regalarle una gomita -usada- para que sujetara el cabello que no tenía pues era calvo, en colita.

No se quién demolía los bienes del fantasma pelado, pero todo alrededor de su propiedad vuelta cascotes, no quedaban edificios, ni seres humanos curiosos, ni mínimos ectoplasmas que hubieran permanecido pegados. Un carajo de gargajos callejeros.

Lo insoportable era soportable; entonces prendí la televisión, y los textos con imágenes virtuales unas y otras imaginadas, las noticias, los locutores, las locutoras, los fantasmas entrevistados, los otros fantasmas que se asomaban detrás de los entrevistados, lamiendo sorpresivamente el lente de la cámara grabadora, los presidentes de los países haciendo propagandas de jabones que dejaban la ropa blanca, las sábanas blanquísimas que permitirían a quien usara el polvo mágico, viajar en ellas a través de los vientos de la ciudad sin pagar boleto de colectivo ni fichas de taxímetro. Todo eso que tuvo una duración de 10 segundos, fue escandalosamente soportable. Tan soportable como la grandota merluza en la que acabo de convertirme en el día después de ayer.

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