Voy a hacer una estantería donde acomodar ficciones literarias. Ficciones intuidas, olvidadas.
La estantería es de madera rescatada de un incendio con zonas carbonizadas y otras no.
En semejantes estantes, la ficción no cae por más que pese. La tapa contiene el libro.
Boris Karlof
martes, 29 de julio de 2014
lunes, 28 de julio de 2014
sábado, 26 de julio de 2014
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elongación prohibitiva |
Hablábamos labiábamos del arte de arrancar corazones a trompadas y de la confusión semántica de aquellos que autotitulándose "ladrones de corazones" robaban chorizos de las carnicerías.
La sensación, el sentimiento, emerge desdibujado neblinoso en el oriente de los cuerpos ejercitados neuróticos nudosos, como en las ilustraciones de la antigua revista española "Blanco y Negro".
F. Calo
viernes, 25 de julio de 2014
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a veces lo fusilan con algarabia |
El ir hacia el interior de lo construido, obedece a la miserabilidad de la sobrevivencia que resulta ser tan maravillosa como artificial. La luz interior. Esa que ilumina de adentro hacia afuera y llama la atención de los demás, de aquellos que al no entender al iluminado, lo apagan con matafuegos, cubriendo el centellear de su mirada con una bolsa de consorcio.
Más luego
La luz titila, navideña.
F. Calomeni
Más luego
La luz titila, navideña.
F. Calomeni
martes, 22 de julio de 2014
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mitológica carabela |
Era una carabela de adorno construida con madera, tela, y el mal gusto de lograr el objeto como escupida de jugador de fútbol. Mediría 15 x 20 cms. Alguien dejó el objeto a la intemperie por años, bajo lluvias, soles, tempestades y alimañas.
La madera se resquebrajó, las telas de los velámenes se deshilacharon. La carabela se mantuvo ahí reverberando naufragios, con sus mástiles quebrados, embelleciéndose frente a las adversidades, cayéndose a pedazos, manteniendo aspecto de navío. Entonces, de su interior surgieron un par de rinocerontes de 3 cms. de altura que -cuidadosos- se comportaron cual tripulantes, olisqueando nubes y lunas.
Galeón azul (detalle). Foto Calomeni.
La madera se resquebrajó, las telas de los velámenes se deshilacharon. La carabela se mantuvo ahí reverberando naufragios, con sus mástiles quebrados, embelleciéndose frente a las adversidades, cayéndose a pedazos, manteniendo aspecto de navío. Entonces, de su interior surgieron un par de rinocerontes de 3 cms. de altura que -cuidadosos- se comportaron cual tripulantes, olisqueando nubes y lunas.
Galeón azul (detalle). Foto Calomeni.
viernes, 18 de julio de 2014
| [+/-] |
las hojas muertas |
Las hojas de los árboles, ¿mueren porqué cuando estaban vivas tenían sobrepeso?
Puede ser pues los agricultores las venden al peso y entonces la sobenaturalidad engrosa precios.
Con los seres humanos pasa lo mismo. El sobrepeso lleva al sobreprecio.
Por el contrario, la obesidad construida individualmente, responde a angustias existenciales favorecidas por predisposiciones fisiológicas.
Jaques Prevert escribe "Les feuilles mortes" y la canta Ives Montand.
Taller. Foto Calomeni.
Puede ser pues los agricultores las venden al peso y entonces la sobenaturalidad engrosa precios.
Con los seres humanos pasa lo mismo. El sobrepeso lleva al sobreprecio.
Por el contrario, la obesidad construida individualmente, responde a angustias existenciales favorecidas por predisposiciones fisiológicas.
Jaques Prevert escribe "Les feuilles mortes" y la canta Ives Montand.
Taller. Foto Calomeni.
viernes, 11 de julio de 2014
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el señor azul |
Convivíamos en un edificio lleno de espacios grandes (patios interminables, tragaluces, terrazas y terraplenes, sin ascensores). Convivíamos separadamente como sucede en las propiedades horizontales. Podríamos haber envejecido sin darnos bolilla, pero las pocas veces que nos cruzamos, concretábamos conversaciones intrascendentes. El que más hablaba era él e incluso me hacía preguntas. Era un personaje público, conocido. Tenía algo de regente y en nuestros encuentros primaba una mezcla de aburrimiento y asombro. Como que en vez de comunicarnos para tantear problemáticas, tomábamos resguardo el uno del otro. La situación, naturalmente sórdida, tenía el atractivo de no saber quiénes éramos o de intentar no saberlo. Ninguno de los dos éramos importantes en ese edificio ni en el mundo que nos contenía, sin embargo rabíabamos de egoismo farandulesco. Él con más razón que yo, por haber llenado con su imagen, diarios, revistas y televisiones.
Nunca supe que hacía ese hombre en el edificio donde yo vivía. Lo encontré -a solas- dos veces. Yo entraba y salía del edificio (por la zona de Constitución) y la puerta de calle tenía variaciones extrañas. Generalmente no cerraba bien, o directamente yo salía por una puerta que no era por la que había entrado.
Esto concluyó en una equivocación o tal vez ubicación definitiva. Porque entré al edificio y la puerta no podía ser cerrada. Sin cerradura, fácilmente se la podía abrir desde afuera con un leve empujoncito. Y en la calle había varios hombres. Ni se me ocurrió buscar a mi vecino que las dos veces que lo ví, vestía traje azul marino, y salí a la calle donde me desconocí. El lugar no era Constitución. Hasta dudé que me encontrara en Buenos Aires. Si, había a unos pasos, un bar de los de antes con largo mostrador y pocos parroquianos en el que me metí compulsivamente. Sobre una de las puntas del mostrador ví ofertados, a mano, varios platitos con anchoas en salmuera. Me acerqué a ellas pero retrocedí inmediatamente porque entonces lo volví a ver a él, que detrás del mostrador y sin reconocerme, ponía uno de sus ojos en las anchoas y el otro en mí, vigilando el más mínimo de mis movimientos.
91319 con antecesor.
Nunca supe que hacía ese hombre en el edificio donde yo vivía. Lo encontré -a solas- dos veces. Yo entraba y salía del edificio (por la zona de Constitución) y la puerta de calle tenía variaciones extrañas. Generalmente no cerraba bien, o directamente yo salía por una puerta que no era por la que había entrado.
Esto concluyó en una equivocación o tal vez ubicación definitiva. Porque entré al edificio y la puerta no podía ser cerrada. Sin cerradura, fácilmente se la podía abrir desde afuera con un leve empujoncito. Y en la calle había varios hombres. Ni se me ocurrió buscar a mi vecino que las dos veces que lo ví, vestía traje azul marino, y salí a la calle donde me desconocí. El lugar no era Constitución. Hasta dudé que me encontrara en Buenos Aires. Si, había a unos pasos, un bar de los de antes con largo mostrador y pocos parroquianos en el que me metí compulsivamente. Sobre una de las puntas del mostrador ví ofertados, a mano, varios platitos con anchoas en salmuera. Me acerqué a ellas pero retrocedí inmediatamente porque entonces lo volví a ver a él, que detrás del mostrador y sin reconocerme, ponía uno de sus ojos en las anchoas y el otro en mí, vigilando el más mínimo de mis movimientos.
91319 con antecesor.
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