En la memoria humana predomina el olvido sobre el recuerdo. Recordar lleva al mito cómodamente.
Cuando regresé a Buenos Aires (lo mismo que cuando me fui) la policía al verme, me pedía documentos, me indagaba, me arrestaba. Ahora, la policía me saluda y pregunta si todo está bien.
De dar miedo pasé (sin transición memorable) a dar lástima.
Foto V. C.
martes, 24 de marzo de 2015
domingo, 22 de marzo de 2015
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langostino feliz |
El pasado y la soledad se confabulan en festejo, feriado sin fin. Logrando una continuidad con lo continuo mientras hierve el langostino en la antigua argolla. Convertir el infierno en paraíso, sacar el langostino del hervor. Beber el vino temperado sur.
Nada por delante ni a los costados.
Atrás... puro invento
Langostino (detalle). Foto V. C.
Nada por delante ni a los costados.
Atrás... puro invento
Langostino (detalle). Foto V. C.
lunes, 9 de marzo de 2015
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comisario Castro |
Reemplacé la beca o el premio por el mangazo directo, buscando el formalismo que permitiera su realización. Una apreciación objetivada desde otro punto de vista de este sistema de vida, fue la del comisario Castro que en la isla de San Andrés me convocó en su despacho para ordenar mi deportación. "¿Porqué? ¿Qué pasa?". "Qué va a pasar... ¡Que usted anda pidiendo limosna a la gente seria!". No Castro. Limosna no. Auspicio pido. Soy artista". "Qué artista. Usted es un vago".
Luego de unos vaivenes, Castro no me deportó, pero no por que me considerara artista. Me permitió estar en la isla como vago. Fue su forma de becarme.
Lola: Dibujo. 2008.-
Luego de unos vaivenes, Castro no me deportó, pero no por que me considerara artista. Me permitió estar en la isla como vago. Fue su forma de becarme.
Lola: Dibujo. 2008.-
viernes, 6 de marzo de 2015
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el Agente Rayo y la devoración mutual. |
Allá, durante las postrimerías del siglo XX, el Agente Rayo decía:
...Es la contradicción fundamental que tiene el monoteismo, porque el vampiro dice: "Yo me como a quien quiero y sigo" El monotemático dijo: "Todos tienen derecho a vivir en esta tierra. Todos tienen derecho a comer". Esa es la contradicción que no se resuelve, por eso los Papas se aliaban con los Reyes, por eso se armaban sistemas hipócritas. La historia del monoteismo es la historia de la hipocresía, mientras que en el vampirismo hay autenticidad. Se dice "Amaos los unos a los otros" cuando la realidad es: "Devoraos los unos a los otros".
...Es la contradicción fundamental que tiene el monoteismo, porque el vampiro dice: "Yo me como a quien quiero y sigo" El monotemático dijo: "Todos tienen derecho a vivir en esta tierra. Todos tienen derecho a comer". Esa es la contradicción que no se resuelve, por eso los Papas se aliaban con los Reyes, por eso se armaban sistemas hipócritas. La historia del monoteismo es la historia de la hipocresía, mientras que en el vampirismo hay autenticidad. Se dice "Amaos los unos a los otros" cuando la realidad es: "Devoraos los unos a los otros".
jueves, 5 de marzo de 2015
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revés |
el armado de los conceptos, su comprensión, para el que los arma, si es breve tal vez resulte mejor (más luminoso) respecto a la comprensión que busca. No así para los que se notifican de afuera (lectores, escuchas) que generalmente sonríen sin entender y no hacen caso de esos armados pues les parecen crípticos cuasi putrefactos al aparecer ante la consideración pública.
Se confunde el punto de partida con el punto terminal. El inicio del camino con el salto al abismo.
Lavadero. Foto V. C.
Se confunde el punto de partida con el punto terminal. El inicio del camino con el salto al abismo.
Lavadero. Foto V. C.
martes, 3 de marzo de 2015
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truco del pene que desaparece entre los testículos |
Atrapar la ilusión con la mano es fugaz, aunque el manoteo se repita incansablemente. Los artificios nuevos olvidan a los viejos. Formalmente los olvidan, porque resucitan recrudecen con el peso y valor de toda experiencia vivida o ansiada...
viernes, 27 de febrero de 2015
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Las vacaciones del señor Yoel |
El destino era el mar y me acompañaba-guiaba un amigo (guía turístico) que como plato fuerte me prometía el reencuentro con una señora obesa que viajaba con su nieta, también obesa, con las cuales yo había charlado en cierta oportunidad, que efectivamente memorizaba.
Viajábamos en bus y en una parada para cenar, al entrar en un restaurante, mi guía exclamó: "¡Allí están!". Si, las reconocí, eran las dos gordas con las que hacía un tiempo había mantenido un diálogo breve. La abuela y la nieta no solo no nos reconocieron, si no que ni siquiera se dignaron a contestar nuestros saludos. Mi amigo se sentó con ellas tratando de quebrar una irrevocable indiferencia, y yo me perdí entre la cantidad de mesas ocupadas.
Llegué sin mi guía, a la estación terminal de buses del lugar de veraneo. Y allí al costado de los terraplenes del estacionamiento, estaba el mar. Azul, verdinegro, con olas y espuma. Siempre me alegró ver el mar, pero esta vez no tanto, pues si bien se trataba de mar, el oleaje no venía hacia la playa, el oleaje iba de costado, a lo largo, como si estuviera dentro de una pecera gigantesca.
Esa fue la única vez que vi el mar en este veraneo.
Sin saber muy bien qué hacer, me mantuve parado en la terminal y me encontré rodeado de gente amable donde simpatizaban entre todos y conmigo también. Intenté fraternizar con alguien, pero en esos momentos empezó a oirse una especie de cornetas de carnaval que se acercaban, y la gente acusando: "¡Viene la policía!". Se dispersó y quedé solo.
Como sea, terminé llegando al lugar de alojamiento predestinado. Era un departamento de varios ambientes con balcones. El arreglo consistía en ocuparlo durante tres tiempos diarios. por tres contingentes de gente, donde yo individualmente era uno de esos contingentes. Cuando llegué, el grupo que estaba hasta ese momento (muchachos y muchachas jóvenes), me dió las llaves y salieron poniéndome a cargo. Dejaron sus cosas (ropas, cinturones y alpargatas). Recorrí el departamento curioseando las vituallas y entonces me di cuenta que mi equipaje había quedado vaya uno a saber donde. Lo único que se me ocurrió fue darme una ducha y lo hice. La temperatura del agua y la fuerza del chorro fue estupendo y al salir me encontré desnudo sin la ropa que me había quitado para bañarme. Usé la mayoría del tiempo de mi estadía buscando mi camisa y no la encontré. El pantalón mucho menos, y allí estaban mi dinero y llaves de casa. No hubo caso. Nada. solamente las ropas de otros. Se terminó mi turno y llamaron a la puerta. Era el nuevo contingente que llegaba (otros muchachos y muchachas jóvenes). Me puse una camisa que no era mía para entreabrir la puerta, pedir "Un momentito" y desesperado, tratando de que los entrantes no se dieran cuenta que había usado una de sus camisas, la devolví donde estaba, improvisé un taparrabos con papel higiénico, abrí la puerta, entregué la llave al primero que esperaba y diciendo "Voy a la playa", salí ante la espectación del grupo (cuatro o cinco personas).
Así, en pelotas en un lugar extraño, recordé que algo así me había sucedido cuando visité el Gran Cañón del Colorado.
Trazos.
Viajábamos en bus y en una parada para cenar, al entrar en un restaurante, mi guía exclamó: "¡Allí están!". Si, las reconocí, eran las dos gordas con las que hacía un tiempo había mantenido un diálogo breve. La abuela y la nieta no solo no nos reconocieron, si no que ni siquiera se dignaron a contestar nuestros saludos. Mi amigo se sentó con ellas tratando de quebrar una irrevocable indiferencia, y yo me perdí entre la cantidad de mesas ocupadas.
Llegué sin mi guía, a la estación terminal de buses del lugar de veraneo. Y allí al costado de los terraplenes del estacionamiento, estaba el mar. Azul, verdinegro, con olas y espuma. Siempre me alegró ver el mar, pero esta vez no tanto, pues si bien se trataba de mar, el oleaje no venía hacia la playa, el oleaje iba de costado, a lo largo, como si estuviera dentro de una pecera gigantesca.
Esa fue la única vez que vi el mar en este veraneo.
Sin saber muy bien qué hacer, me mantuve parado en la terminal y me encontré rodeado de gente amable donde simpatizaban entre todos y conmigo también. Intenté fraternizar con alguien, pero en esos momentos empezó a oirse una especie de cornetas de carnaval que se acercaban, y la gente acusando: "¡Viene la policía!". Se dispersó y quedé solo.
Como sea, terminé llegando al lugar de alojamiento predestinado. Era un departamento de varios ambientes con balcones. El arreglo consistía en ocuparlo durante tres tiempos diarios. por tres contingentes de gente, donde yo individualmente era uno de esos contingentes. Cuando llegué, el grupo que estaba hasta ese momento (muchachos y muchachas jóvenes), me dió las llaves y salieron poniéndome a cargo. Dejaron sus cosas (ropas, cinturones y alpargatas). Recorrí el departamento curioseando las vituallas y entonces me di cuenta que mi equipaje había quedado vaya uno a saber donde. Lo único que se me ocurrió fue darme una ducha y lo hice. La temperatura del agua y la fuerza del chorro fue estupendo y al salir me encontré desnudo sin la ropa que me había quitado para bañarme. Usé la mayoría del tiempo de mi estadía buscando mi camisa y no la encontré. El pantalón mucho menos, y allí estaban mi dinero y llaves de casa. No hubo caso. Nada. solamente las ropas de otros. Se terminó mi turno y llamaron a la puerta. Era el nuevo contingente que llegaba (otros muchachos y muchachas jóvenes). Me puse una camisa que no era mía para entreabrir la puerta, pedir "Un momentito" y desesperado, tratando de que los entrantes no se dieran cuenta que había usado una de sus camisas, la devolví donde estaba, improvisé un taparrabos con papel higiénico, abrí la puerta, entregué la llave al primero que esperaba y diciendo "Voy a la playa", salí ante la espectación del grupo (cuatro o cinco personas).
Así, en pelotas en un lugar extraño, recordé que algo así me había sucedido cuando visité el Gran Cañón del Colorado.
Trazos.
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